¿Cómo podemos saber qué es la libertad? Las palabras son signos que indican una experiencia determinada: la palabra amor especifica una experiencia determinada, y la palabra libertad especifica otra experiencia determinada. Observemos pues con lealtad, ¿cuándo nos sentimos libres?
Mi hermana pequeña ha acudido a mi padre en busca de su benéplacito para acudir a una fiesta con sus amigos. En contra de lo habitual, él ha decidido decirle que no. El malestar y la rabieta de mi hermana me han hecho reflexionar. Son signos inequívocos de que no se siente libre. Sólo cuando, después de un diálogo encendido, finalmente mi padre la deja ir, se siente libre.

Nosotros nos sentimos libres cuando vemos satisfecho un deseo. Por ello, la libertad se experimenta en la satisfacción de un deseo. Es la verdad que se esconde en esa impresión inmediata, espontánea, que todos tenemos de la libertad y que se expresa con naturalidad en la sencilla frase: «Ser libres es hacer lo que nos place».
Sin embargo, es cierto que no nos contentamos con la satisfacción de nuestros deseos más inmediatos. Cuanto más se cumplen estos deseos parciales tanto más se pone de manifiesto que deseamos algo más. Algo que está más allá, y que parece estar oculto, velado. Cuando éramos niños nos contentábamos con caramelos, con la peonza, con un chiste, un bocadillo de chorizo. Hoy, imposible. Si uno presta atención a su experiencia y es leal con lo que emerge de ella, descubre la verdadera naturaleza de su deseo, que no se satisface jamás del todo.
La totalidad como dimensión del deseo
Todos tenemos la experiencia de que no siempre la vida nos castiga, impidiendo satisfacer nuestro deseo. En muchas ocasiones conseguimos lo que deseamos, pero -¡sorpresa!- esto no nos satisface definitivamente. Poco después decaemos. Muchas veces a lo largo de los últimos años he podido darme cuenta de que así es como uno comienza a darse cuenta del drama de vivir: no cuando la vida niega nuestro deseo, sino cuando lo satisface. Cuando se nos niega algo, podemos todavía esperar hallar satisfacción en otro objeto, mas el drama comienza cuando la vida satisface un deseo nuestro, y esto no nos basta. Cuando un hombre tiene esta experiencia con el trabajo, la amistad, el amor, el dinero, acaba por preguntarse: ¿Qué es lo que me llena? "Quid animo satis?". Incluso: ¿Habrá algo que me llene?

Me acuerdo ahora de uno de mis autores favoritos, Cesare Pavese (más que recomendable). Recibió el Premio Strega, el máximo galardón literario que se puede recibir en Italia, y ese mismo día, dijo: "En Roma, apoteosis. ¿Y qué? ¿Por qué nada basta? ¿Por qué después del éxito no se está plenamente satisfecho? ¡Entonces! ¿Qué satisface?". La búsqueda de Pavese fue constante, incesante. ¿Por qué esa pregunta? "¿Acaso alguien nos ha prometido algo?", gritaba día y noche.
La insatisfacción tras el éxito ¿qué nos enseña acerca de la naturaleza de nuestro deseo, acerca de nuestra naturaleza humana? Pavese lo intuyó perfectamente: "Lo que un hombre busca en los placeres es un infinito, y nadie renunciará nunca a la esperanza de conseguir esta infinitud". La libertad, partiendo de la experiencia de satisfacción de deseos inmediatos y parciales, se desvela como "capacidad" de la satisfacción total, completa, es decir, como capacidad de perfección, de realización de sí. Es decir, del deseo del hombre.
Nadie ha descrito la naturaleza del deseo humano como el poeta Leopardi: "No poder estar satisfecho con ninguna cosa terrena, ni siquiera con la tierra entera; contemplar la amplitud inabarcable del espacio, el número y la mole maravillosa de los mundos, y descubrir que todo es poco y pequeño para la capacidad del propio ánimo; imaginarse el número de los mundos infinitos, y el infinito universo, y sentir que nuestro ánimo y deseo son todavía más grandes que el universo creado; acusar continuamente a las cosas de insuficiencia y nadería, y sufrir incapacidad y vacío, y aun aburrimiento, es para mí el mayor signo de grandeza y nobleza que vemos en la naturaleza humana".

Esta es la grandeza única del hombre: su deseo es "todavía más grande que el universo creado". Precisamente es esta medida de nuestro deseo por la que nosotros podemos "acusar a las cosas de insuficiencia y de nadería, y sufrir incapacidad, y vacío, y aun aburrimiento". Lo que es la desgracia de la vida para muchos, -sentir la insuficiencia de todo y sufrir incapacidad, y vacío-, es para Leopardi el mayor signo de grandeza de la naturaleza humana. Podemos reconocer esa insuficiencia propia porque, estructuralmente, por naturaleza, dentro de nosotros tenemos la capacidad de juzgar; es lo que la Biblia llama corazón. Sin la posibilidad de juzgar por sí mismo aquello que le corresponde, la afirmación de la dignidad del hombre no es más que una palabra vacía, y el hombre, en el fondo, depende del poder. Pero, ¿cómo se despierta el deseo? Esta es hoy una cuestión decisiva, cuando el deseo no se puede dar por descontado, porque el nihilismo hoy corriente es el nihilismo festivo, sin inquietud.
Cualquiera que sea la situación en que cada uno de nosotros se encuentra, la realidad continúa saliendo a nuestro encuentro, despertando en nosotros el asombro, es decir, la curiosidad y el deseo de aquello que tenemos delante. El impacto con la realidad es siempre lo que despierta nuestra humanidad, en todas sus dimensiones y su capacidad. Y ahí es donde florece nuestra verdadera libertad.
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